(CAREY MULLIGAN, New York, New York)
Algo como borrarte para siempre, como desaparecerte.
Eso es lo que pretendían hacer contigo.
Bebíamos vino blanco -supongo que por aturdimiento- y tú me mirabas con esos ojos que dicen “no te necesito para nada”.
Los tragos eran largos y los rincones, a esas horas, ya no recogían a nadie.
Alguien cantaba muy bajito.
Veíamos llorar a hombres. No sabíamos si de alegría o de tristeza. No podíamos darnos cuenta.
Dije alguna cosa para impresionarte: “Tengo buena relación con la mafia china. Podría salvarte”.
Me sentí salvaje.
Una detective salvaje.
Desde entonces aborrezco los días idénticos a árboles. Con sus ramas interminables, ensortijadas y filosas.
Hace tiempo que puedo nombrarte sin perder la compostura.
Sin conmoverme.
Sin moverme.


